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Cuando los hombres son bebés

Cuando los hombres son bebés
"Pienso que la mayoría de los hombres no acuden con frecuencia al médico porque están asustados".
FOTO:Archivo Men`s Health
POR: T. E. Holt
FECHA:2012-10-05
A la hora de tomar su medicina, la mayoría de los hombres gritan y patalean. O se quedan tan callados que no se sabe si están enfermos o muertos.

Una mañana, durante mi tercer año en la escuela de medicina, asistí a una clase sobre cómo aplicar una inyección intravenosa. Habíamos sólo tres personas en el salón y sabíamos por experiencias anteriores, que tendríamos que aprender la lección practicando con cada uno de nosotros.

Nancy, una compañera ligeramente aprensiva, se sentó del otro lado de la mesa y me miró con desconfianza. Jason, un tipo grande con brazos peludos, se sentó con cara no de desconfianza, sino más bien de aburrimiento. Me arremangué la camisa y Nancy ató un pedazo de hule alrededor de mi bíceps, cuando apretó sentí que me pellizcaba todos los vellos del antebrazo. "¡Hey!", grité. "Quédate quieto", murmuró. Un poco más tarde, después de dos pinchazos fallidos, Nancy finalmente encontró una vena. "Ahí", dijo entre dientes. No me miró a los ojos. Quizá mi estoicismo la había tranquilizado.

Jason me extendió su brazo aparentando que no le importaba demasiado. Con lo que supuse un gran estilo, introduje la aguja suavemente en su vena. Cuando su sangre empezó a llenar la jeringa, la piel de Jason pasó de un saludable bronceado a una palidez verdosa. Abrió sus ojos, los giró hacia arriba y cayó al piso.

Esta es una lección de medicina que nunca aparece en los libros: los hombres se comportan como bebés. Los doctores lo escuchamos con demasiada frecuencia, normalmente de la voz de una enfermera desabrida mientras limpia la sangre que algún tipo como Jason deja en el piso: "No sea tan bebé", murmura Enfermera Desabrida mientras deja el cuarto justo en el momento en que otro espécimen masculino suelta un grito al sentir el pinchazo en el brazo. Las mujeres no son bebés. Ellas "tienen" a los bebés, demostrando cuál debería ser llamado el sexo fuerte.

Los hombres lloriquean. Hacen muecas. Se quejan. Con el paso de los años he visto a hombres vomitar cuando escuchan la palabra "puntadas", desmayarse cuando ven a su hijo recién nacido y pedir anestesia general antes de drenarles un forúnculo. He tenido pacientes que hacen ruidos muy fuertes para no escuchar lo que digo cuando comento por teléfono sus resultados de laboratorio con otro médico. O los que disimuladamente entrecierran los ojos cuando analizo con ellos sus radiografías. También hombres que lloriquean: "mi cama está demasiado dura, caliente, suave, fría o llena de bultos", "la comida está demasiado grumosa, fría, suave, caliente o dura", "el café es malo", "la tele está muy vieja"... Y de vez en cuando me toca ver cómo un hombre, casi siempre un gigantón, se desmaya ante la vista de un poquito de sangre.

Bebés.

Una tarde, cuando estaba de guardia en la sala de emergencias, llegó un paciente que lloraba tan escandalosamente que requirió una fuerte dosis de sedantes para calmarlo. ¿Por qué gritaba? Porque la máquina de resonancia magnética le había producido claustrofobia. Es de llamar la atención porque me dijo esto mientras yo trataba de identificar qué tipo de objeto tenía incrustado en la cabeza. Había tenido un accidente mientras manejaba su moto sin casco (en la jerga de la sala de emergencias a esos tipos les llamamos "donadores motorizados"). Me dijo, durante uno de sus momentos lúcidos, que no usaba el casco porque este, también, le producía claustrofobia.

Pero más allá de toda mi experiencia clínica, la mejor evidencia de que los hombres son bebés es su vergonzosa ausencia de mi consultorio. Los hombres, notablemente, evitan acudir al médico, especialmente aquellos que tienen entre 20 y 40 años. Precisamente la edad en la que los varones tienen el doble de posibilidad de morir que las mujeres.

No creo que esos hombres no vayan a consulta porque estén sanos. Pienso que no acuden al médico porque, como ese paciente sin casco, están asustados.

Llegar al fondo de ese miedo es difícil. En gran parte porque, literalmente, moriremos antes de aceptar que lo tenemos. La respuesta típicamente masculina a un miedo irracional es confundir las cosas y encontrar algo "realmente" peligroso que hacer a modo de distracción. Es como si escogiendo el peligro tuviéramos control sobre él. Esto explica muchas de las cosas estúpidas que los hombres hacen. Conducir una motocicleta sin el casco puesto es una decisión típicamente masculina. Tal como también lo es, en términos generales, ser un tetrapléjico.

¿Qué significa que estemos dispuestos a llegar a esos límites para demostrar que no tenemos miedo? ¿Qué tienen en común todo ese drama, los lloriqueos y los desmayos con las motocicletas, saltar en bungee y todas esas cosas temerarias que hacemos? Claramente, todo tiene que ver con el miedo. ¿Pero el miedo a qué exactamente?

No lo sé.

Y desde mi cómoda posición al otro lado de la jeringa es demasiado fácil para mí emitir juicios. Pero cuando veo a un hombre mordiéndose los labios y mirándome como si la aguja que sostengo en la mano fuera un arpón noruego, algo en su expresión mueve una cuerda en mi interior, y pienso que sé lo que es. Nos sentimos "frágiles". Sabemos que más allá de los músculos y la fanfarronería somos vulnerables. Y si el músculo y la fanfarronería (o gritar demasiado fuerte mientras nos tapamos los oídos) no pueden contener esa realidad, no sabemos cómo lidiar con ella. Hemos sido entrenados a no pensar en ello. Después de todo, "frágil" es la palabra que define a las mujeres, y por lo tanto algo que nosotros no debemos ser. No es precisamente la más aguda prueba de inteligencia, pero es un argumento bastante persuasivo.

No hay términos medios aquí. Si no somos bebés, si no podemos lloriquear, o patalear o quejarnos, entonces no tenemos nada que hacer cuando nos enfrentamos a la realidad de nuestra fragilidad. Este es el otro modo de "virilidad" que encontramos en el mundo médico, y es simplemente el otro lado de la misma moneda. Pretendemos que nada está mal, que somos fuertes, que somos callados, y frecuentemente nos encontramos con graves problemas a consecuencia de esta actitud.

Como el granjero que entró a una clínica donde yo era residente. Había sido prácticamente arrastrado por su hija porque, según ella explicó, el hombre llevaba un año perdiendo peso y desarrollando extrañas "ronchas".

No había querido ir a la clínica, me dijo la hija mientras yo examinaba a su padre, porque no había nadie más que trabajara en la granja y era agosto, así que había bastante que hacer ahí. "Siempre hay mucho que hacer", dijo con cierto enfado que yo entendí más como una muestra de admiración a su padre, aunque también había algo de coraje y miedo. Su padre se sentó sobre la mesa con sus ropas colgándole de un cuerpo excesivamente delgado, y no dijo nada. Salí del cuarto durante algunos minutos y me quedé escuchando. Durante todo ese tiempo, más allá de una breve y penetrante mirada hacia mí cuando regresé, él se mantuvo de piedra.

Yo me quedé igual cuando estuve frente a él, percibiendo el indescifrable cosquilleo del horror que acompaña a la muerte. Porque no tenía duda, desde el primer momento en que lo vi, de que el hombre estaba muriendo. Tenía esas "ronchas" (tan grandes como mi puño) en la nuca y espalda, y mientras lo examinaba y movía, más y más quedaron a la vista, con su piel suave y rígida bajo esos pedazos de piel rosa fluorescente. Dejó que lo examinara pacientemente, haciendo poco más que seguir mis movimientos con sus brillantes ojos azules. Las protuberancias llevaban creciendo más de dos años, tal vez más, según explicó su hija. Después de los primeros seis meses, ella le había reñido para que hiciera una cita con el médico.

Él se negó ("se sentía bien", "las ronchas no lo molestaban", "tenía mucho trabajo que hacer", aseguraba la hija), pero luego aceptó hacer la cita sólo para darle gusto a ella. Se fue al médico una mañana muy temprano, y regresó diciendo que no había nada de qué preocuparse.

Pero las protuberancias siguieron creciendo, después de un año de preocupaciones y riñas, ella lo convenció en ir con un dermatólogo, que tomó una muestra y dijo que sólo era piel sana.

No supe cuánto de eso creer. ¿Había ese hombre ido realmente al doctor? Me costaba trabajo creer que cualquier doctor había errado el diagnóstico de lo que ese hombre padecía.

Era en realidad un sarcoma metastático, un raro tipo de cáncer. Lo confirmamos después de que un patólogo examinó una muestra de las protuberancias.

Mientras, mandé al hombre a hacerse una tomografía que identificó la fuente de esas "ronchas" en un tumor del tamaño de una bola de softball pegado a la médula espinal, oculto entre sus órganos vitales. Era palpable cuando presionaba con fuerza en su abdomen: era sólido como una roca donde debía sentirse un espacio vacío. Me mantuve presionando con fuerza durante más de un minuto sorprendido de lo que había encontrado en ese hombre. Apreté lo suficiente como para causarle malestar, pero él se mantuvo ahí, paciente, entre mis manos, respirando con dificultad, mirando al techo con esos ojos exageradamente claros y silenciosos.

Todos lo amaban. Era el paciente ideal. "Un héroe", dijo alguien. Cuatro meses después estaba muerto.

¿Son los hombres como los bebés? No lo sé. Posiblemente sean el sexo débil. Pero qué tanto de esto obedece a la biología y qué tanto al comportamiento, no estoy seguro.

Siempre que recuerdo al granjero y su anormal rigidez mientras hacía las investigaciones para revelar lo que su silencio nos ocultaba, me invaden muchas sensaciones distintas. En cierto sentido admiro su estoicismo, su coraje, la penetrante fuerza de su mirada que parecía ver en mí cosas que ni siquiera yo conozco de mí mismo. Pero también siento enojo: le dijo a su hija simplemente lo que ella quería oír y llevó esa lealtad a su familia hasta el final.

Sacando vida de la tierra. Siendo un hombre de verdad.

Pero no puedo dejar de sentir coraje por aquel hombre, aunque me gustaría poder culpar a alguien más por todo lo que le pasó. Él no inventó la idea de que los hombres no pueden enfermarse, de que los hombres no deben sentir ningún dolor y de que la única alternativa a un silencio doloroso es... comportarse como un auténtico bebé. Es decir, no es culpa de ese hombre que existan tales ideas.

¿O hay alguna otra opción?

Si queremos seguir un camino que vaya entre el inflexible heroísmo y la caída al piso, tenemos que encontrar una vida para habitar estos cuerpos: hacerlos nuestrospor completo, con su fragilidad incluida. Es una perspectiva temible, saber exactamente lo que significa estar vivos.

Pero de esa consciencia podemos aprender otra cosa además de la evasión: el valor que se requiere para cuidar nuestro cuerpo cuando estamos sanos, ir al médico cuando enfermamos y ser algo más útil que un niñito llorón o un héroe muerto.

Ser hombres reales y mortales.

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