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El trío de mi novia

El trío de mi novia
A que no puedes probar sólo una.
FOTO:Archivo Men`s Health
POR: Will Leitch
FECHA:2012-12-07
¿Qué pasa cuando ella ya lo hizo y tú no? Este artículo te revelará razones para que pienses tu punto de vista sobre la sexualidad.

Llegamos improbablemente tarde. La boda iba a empezar en 20 minutos y mi novia seguía mirándose por encima del hombro examinando la proporción entre sus caderas y su trasero, pasándose los dedos por el cabello. Secándolo y echándole spray. No es que yo tuviera prisa. Se trataba de sus colegas de la universidad. Se quitó un vestido y lo arrojó encima de otro. Le dije que los dos se veían bien y entonces concentré mi atención en el partido de béisbol que estaban pasando por la tele. Finalmente, se decidió por el azul, el de las flores, y se vio por última vez en el espejo.

"No puedo creer que Elena y Tomás vayan a casarse", dijo. "¿No te da nervios conocerlos?"

"No, ¿por qué?"

"Bueno, pues por lo del trío", contestó.

De pronto, la habitación se tornó caliente y el almidón del cuello de mi camisa parecía convertirse en yeso. También es posible que de las paredes haya empezado a emanar música tecno a muy alto volumen. Los tríos no son el tipo de cosa que olvides, pero yo ya lo había dejado escapar de mi mente. Sin embargo, ahora lo recuerdo. Cielos. Me senté en la cama mirando fijamente la televisión. En apariencia, había varios hombres jugando con palos, pelotas y trajes coloridos. "Tampoco es para tanto", dije. "En realidad estoy muriéndome por tener uno." "Muy bien", replicó. "Mis amigos te amarán. Vamos."

Hace años me contó sobre su trío universitario. Creo que ni siquiera me había dicho quiénes habían estado involucrados. Entonces, sólo pude imaginar la parte matemática -mi cerebro todavía no había recolectado los recursos suficientes como para visualizarla haciendo malabares en la cama con otras dos personas.

Esto, obviamente, estaba a punto de cambiar, para bien o para mal.

Me gustara o no, estaba a punto de conocer a dos personas que también habían conducido a mi novia al orgasmo. En el mejor de los casos. En la iglesia, acuñado en un banco de madera ergonómicamente incorrecto, intenté entretenerme observando a la multitud. Fue inevitable imaginar una lista de invitados con los que la feliz pareja había organizado orgías. Al menos durante media boda, estuve seguro de la veracidad de mi lista. Ah, y el señor que ofició la misa. Y también ese tipo que trabaja al final de la calle. Y el ciego con el perro. Finalmente, después de un rato, el novio pisó la alfombra.

Usaba un esmoquin barato, lentes y mucho vello facial. Era como ese tipo al que le llamas en la oficina cuando tu computadora no está en red. Mi novia me susurró al oído que a este hombre de verdad le gustaban las estadísticas del beisbol. "Ustedes dos seguro se llevarían muy bien". Con eso, ya serían dos cosas en común, pensé.

El trío nunca fue algo que ella intentara ocultar ni evitar.

En nuestra primera cita, luego de haber escuchado mi teoría sobre los tríos -si no tienes uno antes de los 30, nunca lo tendrás- ella hizo esa sonrisa que inmediatamente me hizo pensar que ella podría añadir algo a la conversación. Resulta que mientras yo teorizaba sobre los tríos, ella ya había tenido uno. Pero entonces suavizó la voz: "Si cuando tengamos 30 aún estamos juntos, podríamos hacer que eso sucediera." Más tarde, esa misma noche, choqué mis manos, a través del celular, con un amigo.

Si la realidad se tambalea cuando te enteras de que tu novia ha tenido un trío, entonces se cae de espaldas cuando te topas frente a frente con las otras dos partes de su ecuación carnal. Mientras observaba al novio tomar su lugar cerca del cura/rabí/tipo con la Biblia rentada, mi cerebro voló hacia tres destinos inmediatos:

1. La última vez que estuvimos "en la intimidad". Había sido un día largo y yo tenía unas copas encima. No estaba en mi mejor momento. Dejémoslo ahí.

2. Esa película porno de la semana pasada. Los nombres de las mujeres eran Castidad y Sandy. El tipo no parecía tener ni nombre ni cabello -sólo un pene que podría haber sido empleado para una competencia de troncos.

3. Esa parte imaginaria del cerebro en la que soy omnipotente, capaz de observar todos los sucesos, presentes, pasados y futuros, e incluso aquellos sucesos en los que no había estado presente.

Aquí y ahora, Sandi es la novia, Castidad es mi novia y ambas se encuentran lengu?eteando hambrientas al señor Sin Vello. Este no es un lugar divertido para pensar en esto.

Era una de esas bodas no religiosas y no convencionales, y no existía una concentración de personas esperando a la novia. Ella sólo se presentó serpenteando sobre la alfombra, sin maquillaje y con pants (¡pants!). El conjunto parecía más una capa que un vestido de novia. En realidad pudo haber sido hecho con pieles de venado. "Ella siempre ha tenido problemas con los roles tradicionales de género", suspiró mi novia. La vi como una estudiante universitaria rasgando una guitarra y dejándose crecer su cabello en rastas. La imaginé descalza durante todo un verano. La vi completamente desnuda galopando con mi novia mientras su futuro marido... bueno, como sea.

En otro mundo, yo podría haber reunido las fuerzas para preguntarle a mi novia si la experiencia había sido terrible o excitante. ¿Habrá estado demasiado bien? ¿Te gustaría que la vida fuera lo que entonces era, cuando podías tener tríos con tus amigos y reírte de eso al día siguiente, en lugar de tener que lidiar con un novio que lloriquea por no haber tenido sexo en tres días? Una vez intenté preguntarle sobre el tema, pero cuando me dijo que definitivamente había sido un caso aislado, dejé de hacerlo. El hecho es que, no importa qué tan desagradables puedan ser los escenarios que pueda imaginar: mis pensamientos al respecto son mucho más terribles que lo que en verdad pasó.

La ceremonia no duró más de cinco minutos. Era obvio que se trataba de una formalidad más para el expediente de los novios. Todo el mundo aplaudía mientras los recién casados abandonaban la capilla y enseguida me di cuenta de que una lágrima recorría la mejilla de mi novia.

Fue entonces cuando lo pensé: ahora ella se iba a mudar con ellos.

La feliz pareja tenía demasiadas cartas de agradecimiento por redactar, correo basura por descartar, diarios por leer y, en suma, una vida a la cual regresar, vidas que seguían adelante. Al igual que mi novia, nunca más volvieron a pensar en aquel trío, mucho menos a hablar sobre él. Hace tiempo que habían decidido archivar sus propios reportes personales sobre el incidente.

Pero en ese momento, ¿qué había pasado con la promesa de mi novia? Yo estaba a tres semanas de cumplir los 30. Mientras nos dirigíamos rumbo a la fiesta, empecé a pensar en mi historial sexual. Buenos momentos, quizá los calificaría con un seis o un siete, en una escala del cero al 10. Un trío me elevaría al nueve, con dirección al 10. Empecé a pensar entonces en lo complicado de la logística. Tengo una novia y un futuro. Y cuando pienso en él, imagino una casa grande y tres niños, no a mí dándole sexo oral a una extraña. ¿Qué diría su padre? Bueno, él no tendría por qué enterarse. Pero el mes que viene iremos a ver una obra de teatro con sus abuelos.

¿Qué tan incómodo sería eso?

No, no quiero un trío. Tan sólo quisiera haberlo tenido.

La fiesta estuvo bien, brindis sinceros, miembros de la familia llorando y un pastel más alto que cualquier invitado sin tacones. Mi novia y yo nos dirigimos a nuestra mesa y comimos esos alimentos procesados para boda que nunca saben del todo bien. Me encontré con viejos amigos, conté chistes inofensivos e incluso bailé con una hippie.

Transcurrido un tiempo, la novia y el novio se acercaron a la mesa. Fueron muy amables -sociables, divertidos y sin pretensiones. Él no lucía como un participante en una competencia de troncos, su nombre no terminaba en "i" y tampoco se le veían ánimos de planear una orgía al final de la noche. Ambos se veían realmente satisfechos, exhaustos, y sobre todo, muy enamorados.

El novio y yo nos dimos un apretón de manos. "Es un placer conocerlo, señor", le dije mirándolo a los ojos.

"Lo mismo pienso", contestó. "Eres un hombre muy afortunado".

¿Saben? No recuerdo muy bien qué pasó después de eso.

En fin. Hablemos de mi cumpleaños 30. Mi novia me organizó una fiesta en un restaurante mexicano, en donde un hombre llamado Juan me extendió un pastel y un enorme sombrero.

Nos bebimos varios tequilas y regresamos achispados a la casa. Apenas cruzamos la puerta, no pude evitar darme cuenta del vacío. Sólo estábamos ella y yo. Fue a cambiarse a la habitación, mientras yo tomaba una botella de champaña. En mi mente, yo ya había estado en este sitio antes, con otras dos personas. Pero esta noche, todo parece estar bien. "Te tengo una sorpresa", me dijo. Enseguida me animé.

"Te compré una cámara digital, yo sé que deseabas una", confesó. En realidad, sí había estado deseando una, y la que ella me regaló era una gran cámara. Así que dejé la botella sobre la mesa de la cocina, le quité la ropa a mi novia y le tomé algunas fotos. Durante unos seis o siete minutos, ambos nos convertimos en excelentes y expertos competidores de troncos.

¿Y saben qué? En verdad fue una experiencia grandiosa. Fue fantástico.

Fue suficiente.

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