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Un paquete sorpresa: el síndrome de Peyronie

POR: Bill Karl
FECHA:2012-12-25
¿Qué pasaría si mañana al despertar ves tu pene... muy, muy diferente? El síndrome de Peyronie podría, un mal día, atacarte.

Lo peor que jamás haya experimentado me sucedió AYER", dice Tom, mi socio. Estábamos en medio de nuestra cotidiana conversación casual de oficina cuando, de repente, se convirtió en confesionario: a Tom le había salido una hemorroide. Cuando fue a que se la revisaran su médico de cabecera había acudido a otra cita, por lo que tuvo que atenderlo otro especialista, una doctora sensacionalmente atractiva. "Increíblemente sensual", me aseguró. "Todo sucedió tan rápido, primero la saludo y un minuto después, ella está en plena exploración de mi trasero." Asiento con condescendencia. No estoy impresionado. Tom nota mi actitud y me dirige una mirada de reclamo, como si me preguntara: "¿escuchaste lo que dije?". "Puedo superar eso", le contesté. "Fui a ver un urólogo hace seis meses, cuya enfermera estaba "increíblemente sensual", como dices. Me inyectó en el pene para provocar una erección artificial y luego le tomó una foto." Hubo un silencio total. "Dios mío", pensé, "se lo dije a alguien". Seguramente puedo tener la confianza de que Tom no se lo va a contar a nadie, pues hemos compartido muchos secretos. Tom arruga la cara en un gesto de duda, pues se pregunta si hablo en broma. Lo que él no sabía es que la parte más increíble de mi historia estaba por venir. "Te voy a contar lo que sucedió", le dije.

Comenzó con una erección por tener que ir a orinar. Me desperté en la noche y me dirigía hacia el baño cuando noté horrorizado que mi erección formaba un ángulo de 90° y ahora apuntaba hacia el techo. Intenté enderezarlo, pero fue infructuoso, así que me incliné hacia delante y con mucho dolor lo doblé hacia el retrete. Por fortuna, su rigidez disminuyó conforme fluía la orina. ¿Qué era esto? Bajé apresuradamente las escaleras, escribí en Google "pene doblado" y observé con detenimiento una larga lista de resultados. Había algo de Bill Clinton, también mucho material porno, ¿quién iba a decirlo? Y, finalmente, apareció: tenía la enfermedad de Peyronie cuyo síntoma era tener el pene doblado exactamente como el mío. Los expertos ignoran la prevalencia de esta condición.

De acuerdo con los cálculos más elevados, más de 25 millones de hombres (sólo en Estados Unidos) poseen un miembro fuera de control. Estoy seguro que esa cifra sorprendería a Francois de la Peyronie, el cirujano francés quien en 1743 describió por primera vez este desorden. Casi 300 años después, nadie sabe realmente la causa. De acuerdo con la teoría primaria, se trata de una lesión en el pene derivada de la actividad sexual (masturbación excesiva, un tirón por usar la bombita para la erección o un trauma causado por una alocada aventura sexual). Bueno, no me he masturbado en exceso desde que tenía 14 años de edad. De acuerdo, 24. En cuanto a las bombitas para la erección y el sexo rudo, no son lo mío.

Mi médico general me refirió a un urólogo especialista en el síndrome de Peyronie. En mi primera consulta, recuerdo haber pensado en lo sorprendente que es la manera en que podemos engañarnos para creer que las cosas inimaginables son normales. Aquí me encontraba, le permitía a un extraño realizar una pausada exploración de mi pene, una que jamás había experimentado.

No le tomó mucho tiempo encontrar una placa que se desarrolla en el tejido eréctil de la parte superior del pene y se flexiona hacia arriba durante las erecciones. Mi médico me puso las opciones en la mesa.

Primera: podría administrar directo en la placa una sustancia llamada verapamil, después de inyectar anestesia dentro del pene, para que soportara el dolor que provoca el medicamento. Serían necesarias seis inyecciones en cada una de las seis sesiones. Aunque en teoría el fármaco digeriría la placa, el éxito no estaba garantizado.

La segunda opción: una cirugía en la cual se colocan dos suturas permanentes en el revestimiento del pene (opuestas a la curvatura) para enderezarlo. El doctor me explicó que este es el procedimiento más común y el más exitoso, pero luego me advirtió que es apropiado para hombres a quienes el "acortamiento del pene no les resulta una preocupación mayor".

Tercera opción: corporoplastia con parche. Durante este procedimiento se hace una incisión en la parte más gruesa de la placa a través del ancho del pene. Esto corta la placa en dos y permite que la curvatura desaparezca en ambos lados. Luego se "remienda" la incisión con un trasplante de piel. Puede ser exitoso, pero hay riesgo de sufrir disfunción eréctil si se daña el tejido nervioso.

Mi médico recomendó inyecciones, por lo que comencé a pasar cada miércoles por la mañana a consulta, lo único que me animaba era ver a su sensual enfermera, quien se encargaba de limpiar mi pene y colocaba una pequeña sábana sobre él que retiraba el doctor. Tres agujas para adormecer a mi amigo y tres más de verapamil.

Obviamente, el síndrome de Peyronie puede afectar la relación romántica en pareja -sólo si se lo dices, lo cual no hice. En lugar de eso, evite el sexo durante semanas, pero después de iniciar las inyecciones le conté a mi esposa. No me creyó al principio e insistía en que se lo comprobara, lo que implicaba lograr una erección. Y si yo iba a llegar a ese punto, entonces lo mejor era darle una oportunidad al sexo. Por desgracia las inyecciones no surtieron efecto.

Llegué al hospital a las 11:00 horas para mi corporoplastia con parche. Los médicos colgaron una pequeña cortina entre mi pene y yo, y charlé con una hermosa anestesista mientras mi doctor rebanaba a través de la delgada carne alrededor del glande. Luego jaló la piel hacia abajo como si fuera un calcetín. Surgió un problema debido a que, gracias al verapamil, la placa se había suavizado y fusionado con algunos nervios. Esta cirugía que generalmente dura dos horas se fue a cinco. A la mañana siguiente el doctor tenía una mala noticia: no podría alcanzar una erección durante un mes o, de lo contrario, mi pene explotaría.

Dos semanas después, tal y como lo auguraba, apareció una. Mi amigo no explotó, pero me dolió tremendamente y algunas puntadas se abrieron un poco. A pesar de ello, fue bueno verlo bien y derecho de nuevo.

Mientras estoy sentado frente a Tom y le doy los detalles de mi experiencia, noto que me ha estado viendo durante 20 minutos con la boca abierta. Esto me hace sonreír porque, como dije antes, es increíble el modo en que podemos engañarnos a nosotros mismos para creer que las cosas más inimaginables son normales. Durante semanas sequé mi pene con secadora después de bañarme, pues las puntadas estaban muy sensibles como para resistir una toalla. Como ven, algo normal.

Tom nunca se lo comentó a nadie, creo. Pero apuesto a que está enojado porque ahora cualquiera que esté leyendo esto sabe acerca de su hemorroide.

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