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Seducción a la carta

POR: Matt Bean
FECHA:2013-01-01
La nueva ciencia del deseo revela una conexión entre la lujuria y la ansiedad -y explica cuál es el camino que lleva a tu pareja de la cocina al dormitorio.

Es jueves a las 22:30 y me encuentro en uno de los lugares culinarios más concurridos de Nueva York, el restaurante Allen & Delancey, donde muchos, la mayoría parejas, abarrotan el lugar. He escogido una mesa que cuenta con vista panorámica del interior del lugar, es el sitio ideal para jugar al antropólogo, me escondo detrás de la carta de vinos, como si la leyera, para que nadie se dé cuenta de que hago mis anotaciones.

Como rituales de apareamiento, las primeras personas en mi investigación están sentadas en la mesa 24, actúan con una coreografía cuidadosa, como sólo la puedes encontrar en el reino animal. Él es un tipo desaliñado de entre los 20 y 30 años, y come unas escalopas al limón casi crudas, mientras su pareja lo ve comer con visible antojo.

Las palabras de ella se pierden entre el ruido de los concurrentes, pero alza una ceja en señal de atracción él lleva su cuchara al plato, toma un poco de comida y la dirige directo a la boca de su acompañante. Ella la sujeta con sus labios mientras con delicadeza él saca el utensilio siguiendo la curva natural de éste para no lastimarla. Ella saborea lentamente el alimento con la lengua y con los ojos hace una señal de aprobación. Está delicioso este platillo piensa -al menos lo imagino- mientras de sus labios escapa un "mmm".

La pareja de la mesa 24 quizá no se ha dado cuenta, pero forma parte de una danza en la que bailan como marionetas a través del placer culinario, empujados por una red de neurotransmisores y hormonas en su cerebro, aquellos que apenas han comenzado a entender los investigadores.

La escalopa de pescado cuenta con propiedades afrodisíacas -según una leyenda griega, la diosa Afrodita fue enviada a la Tierra en una concha de molusco, pero una simple comida no puede generar esa sensación de deseo de la que he sido testigo. Más allá de los las cualidades de los afrodisíacos, emerge una complicada relación entre cómo comida y sexo trabajan en su mente.

De hecho, si diseccionas el cerebro de la mujer de la mesa 24, quien permite que el molusco se derrita en su lengua y después procederá a ir a la cama con él, podrás ver como trabaja y elige. La relación psicológica entre comida y sexo es tan profunda que no es de sorprender el porqué estas dos pasiones primarias también encajan en la vida real. De esta forma, la comida es, según las últimas investigaciones, el nuevo juguete sexual.

 

Curso 1 Por qué ella siempre escoge comer antes del sexo

Quizá en el laboratorio en la Universidad Leight, en Estados Unidos, la cocina sea menos apetitosa que en el Allen & Delancey, pero un hámster puede enseñarnos en el laboratorio, dirigido por Hill Schneider, el comportamiento neuroendocrinológico de los roedores después de comer.

El lugar cuenta con una hilera de jaulas diseñadas para estudiar a los hámsters como si fuera un bacanal donde las "mujeres se vuelven salvajes". Dentro de cada aparato, se le ofrece a una hembra tres opciones, puede quedarse en su jaula o introducirse en cualquiera de los dos tubos, uno la lleva a la caja de comida y el otro a la de sexo donde hay un macho adulto sexualmente experimentado. Quizá sólo una mujer de una fraternidad podrá elegir entre ver el programa Gossip Girl, correr a Taco Inn o tener sexo con un jugador de futbol americano que conoció la semana pasada. Este es una decisión similar a los deseos que enfrenta la roedora. Pero en ambos casos, la cuestión -comida o sexo- no depende de una libre voluntad, sino de su estado metabólico. Inclinarse por la comida o preferir el sexo, eso dependerá de lo hambrienta que esté.

En la pareja de la mesa 24, el momento en que la mujer comienza a comer una entrada de paté de ganso, su cuerpo absorbe los micronutrientes: azúcar, grasa y proteínas. Como empieza a almacenar un exceso de energía en forma de grasa, una hormona llamada leptina se segrega y viaja a través de la sangre hasta llegar al hipotálamo. Aquí es donde inicia la verdadera batalla entre la comida y el sexo. La leptina limpia el camino por el que naturalmente pasan las hormonas y despiertan el deseo. Esto permite la presencia de un neuropéptido Y que aumenta el apetito y bloquea las hormonas sexuales.

Schneider ha identificado este efecto en los hámsters. Inyecta leptina a las hembras privadas de alimento, lo que dirige la sustancia directamente a sus hormonas sexuales y le proporciona una sensación de saciedad en su estómago. Sin leptina, como siempre, el neuropéptido Y toma el control, haciendo que la hembra satisfaga su apetito a través de la comida antes de recibir la visita del macho.

"Esto tiene un completo sentido evolutivo", explica Satya P. Kalra, profesora de la Universidad de Florida, en Estados Unidos, quien estudia el mismo comportamiento cerebral. "Si tienes un hambre terrible y no sabes cuándo ni donde obtendrás tu siguiente alimento, no pensarás en otra cosa -al igual que los hámsters- mas que en aprovechar la última oportunidad, quizá en mucho tiempo, para conseguir comida."

Hoy puedes conseguir alimento en cualquier parte, pero la leptina, que alcanza su mayor pico a medianoche, aún tiene un poderoso efecto: una mujer bien alimentada es más fácil de seducir que una hambrienta.

 

Curso 2 Entrena tu cerebro para disfrutar la comida y el sexo

Una hostia es casi tan delgada como un papel y del diámetro de una moneda de un cuarto de dólar, pero ha convocado a 400 gourmets a la Academia de Ciencias de Nueva York a rendirle reverencia silenciosa. Nos dirá si somos uno de los elegidos.

"Estás a punto de comprobar si eres un experto en sabores", dice la investigadora Linda Bartoshuk, de la Universidad de Florida, quien enfatiza que estamos a punto de descubrir un superpoder que dormía en nuestra boca. Lo cierto es que esta no es la primera vez que la investigadora sorprende a la concurrencia con un truco.

"Sólo 25% de la población es capaz de decir que está en este grupo", continúa. "Me siento triste de decir que no me incluyo, pero sabemos que los chefs - sobre todo aquellos de piel blanca- son únicos para reconocer sabores. Las mujeres no tenemos esa cualidad."

De inmediato se desprenden murmuros, se ven unos a otros. Hay un tipo de unos 190 kilos que seguramente es el mejor de todos, pero apostaré por ese joven vestido de jeans desgastados que carga una mochila de mensajero. Mientras doy un vistazo ubico tres filas atrás a una mujer de lentes oscuros. Nos miramos de lejos.

Bartoshuk observa a los "superprobadores" y espera obtener muchos datos que ayuden a su investigación, de la misma forma como los fisiólogos los identifican cuando ven en movimiento a un atleta. La hostia le ayuda a obtener el primer corte. Un baño de un componente químico amargo llamado 6-n-propiltiouracil o PROP causará que el degustador se quede mudo, mientras otros sienten que tienen un pedazo de papel en la boca. "Quienes pueden identificar el sabor viven en un mundo con sabores diferentes", explica la investigadora, mientras comienza con la eucaristía culinaria: "Primero se coloca en la lengua. Si eso no provoca una sensación amarga, introdúcela por completo. Si aún no está amargo, pégala al paladar. Si sigues sin detectar nada, entonces, lo sentimos."

Hay 400 hostias en espera de ser probadas. Tras la degustación la mayoría está furiosa porque en su lengua nunca aparece el codiciado sabor amargo. Durante unos segundos enjuago mi boca con agua. ¿Seré un "supersaboreador"?, me digo como si fuera Clark Kent guardando su secreto. Me doy la vuelta y nuevamente cierro los ojos junto con la mujer de lentes oscuros. En esta ocasión ella sonríe. "¿Tú también?" parece expresar con su rostro. Me frustro.

Bartoshuk pregunta por el show de manos y anuncia sus resultados: más del 40% son superdegustadores, 15% más de lo que usualmente se encuentran. Ella se muestra intrigada, pero por el momento no se preocupa más que por saciar su hambre.

De forma apresurada salimos del salón en busca del hummus y queso, vino y cerveza, y un poco de postre: la llamada fruta milagrosa Synsepalum dulcificum, un pistache rojo del tamaño de una cereza proveniente del oeste de África, cuando su sabor llega a nuestra lengua, casi de inmediato genera una adicción debido a su acidez y dulzura. Los más devotos han bautizado esta debilidad como "viaje de sabor". Tomo un puñado de bayas y unas rebanadas de limón mientras me siento en un ventanal con el fin de admirar Mannhatan.

Lo que comenzó con una simple prueba de sabores, sorpresivamente terminó en un mercado de sabores y adicciones frutales. Todo lo ácido ahora es dulce, todo lo viejo ahora es nuevo. Las mesas de coctel y el ambicioso menú funcionaron como catalizadores de pláticas, por lo que no estuve solo por mucho tiempo.

"Oye, Matt", dijo una mujer que había visto en el interior del salón, cuando se acercó mencionó: "¿Cuál fue tu sabor favorito?". Pude notar rastros de cerezas en sus dientes mientras hablaba y su mirada parecía perdida. Había caído en la adicción.

"No tan mal", contesté. "¿Quieres un poco de mi limón?", pregunté. Sin dudarlo tomó un cuchillo y lo partió por la mitad. "Mmm", murmuró; "dulce", dijo. Me tomó de la cintura y me empujó hacia la multitud.

"Prueba esto", señaló mientras colocaba un poco de queso sobre mi boca. La abrí, casi forzado. De inmediato recordé un video que vi en YouTube esta mañana -Anthony Burdain y Mario Batali haciendo poesía acerca de su maldición. La comida es la última metamorfosis del sexo, Batali se queda pensativo. ¿De qué otra forma puedes hacer feliz a alguien poniéndole algo dentro de su cuerpo?

Pasamos más tiempo ahí, ejemplificamos comida, comparamos notas y sincronizamos sabores hasta que la concurrencia casi se extinguió. No es sólo comida, esa cosa en tu plato son mucho más que calorías. No pregunté a esa mujer fatal sobre las adicciones a los sabores que le gustaban en la cama. En realidad no lo necesitaba. Eres lo que comes después de todo.

La cosa es, los superdegustadores comparten su conexión más en sus mentes que a través de los consejos o de la capacidad de la lengua para distinguir sabores. "En realidad no probamos con la lengua ni sentimos con los dedos", me explicó hace unos días Adam Pack, neurólogo del Utah Collage de Estados Unidos. "Hacemos todas esas cosas con el cerebro."

Como fuegos artificiales, las sensaciones corren en nuestro cerebro de oreja a oreja, a través del llamado córtex somatosensorial, para conocer la importancia de este proceso considera a la neuroanatomía como un concierto de violín -de Itzhak Perlman, por ejemplo. Este artista en su cerenbro cuenta con varios cientos más de receptores que cualquiera de nosotros, por lo que es mucho más sensitivo, todo gracias al proceso hereditario. Sin embargo, ese no es el porqué Perlman arranca con su Stradivarious lágrimas de los ojos de la audiencia.

"Nadie nace siendo un músico profesional", dice Pack. "Pero la parte cerebral del violinista, esa que escucha a su mano dominante gradualmente se hace más grande que aquella que se comunica con la otra extremidad", añade. "Esto se desarrolla cada vez más, lo mismo sucede con otras habilidades y regiones del cuerpo."

"Al experimentar nuevas sensaciones se pueden crear cambios físicos en el cerebro que nos harán comensales más perceptivos y mejores amantes", asegura Pack. Así como Perlman, que cuando practica genera un fluido dentro se su cerebro gracias a que estimula la parte de su masa gris localizada detrás de la audición.

Enseñar a tu cerebro a detectar los sabores que componen una copa de cabernet no es tan diferente como adiestrarlo para entender las cientos de sensaciones durante el sexo. El mismo aparato sensorial que ayuda a la mujer de la mesa 24 a identificar los sabores del paté de ganso y detectar el aroma del hombre que la acompaña, es el que le permite disfrutar un beso con su pareja.

"Literalmente probamos, olemos y consumimos a nuestros amantes", señala Beverly Whipple profesora emérita de la Universidad de Rutgers, en Estados Unidos, y coautora del libro The Science of Orgasm. "La forma en como luce la comida, su textura y aroma, podemos transportarla a nuestra vida sexual."

 

Curso 3 Qué puede aprender el sexo de la comida

¿Qué es el efecto Coolidge? Piensa y con seguridad voltearás a ver a Conan O`Brien. Él es el presidente del Calvin Coolidge, una fundación creada en 1960 en Estados Unidos que se encarga de preservar la memoria de este presidente de la Unión Americana. En una ocasión su esposa, "La primera dama", como le dicen, visitó una granja de pollos donde notó que había pocos gallos, por lo que preguntó: "¿qué posibilidad hay de que se produzcan muchos huevos si hay pocos gallos?". "Fácil", respondió el granjero. "Un gallo puede hacerlos docenas de veces al día." La "dama" no quedó muy satisfecha con la respuesta, por lo que el presidente del Coolidge agregó: "¿docenas de veces con la misma gallina?". "No. Con muchas gallinas", aclara el granjero.

Sea cierta o no, esta anécdota ilustra la nueva búsqueda del placer. Nuestro cerebro tiene dos vías por las que podremos obtener recompensas: queriendo y satisfaciendo. Éste es precisamente punto central de la disyuntiva entre comida y sexo.

"El sistema cerebral de querer, anatómicamente es más grande y poderoso", explica Kent Berridge, neurólogo de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, y autor del libro Pleasure in the Brain. "Es posible que una rata macho copule con la misma hembra una y otra vez, lo mismo hará con otras parejas sucesivas de apareamiento. Pero ocurre una cosa curiosa cuando se le presenta una hembra nueva, desea tanto sexo como antes, teniendo la misma recompensa que con la anterior pareja." Hay muchos tipos que son iguales que las ratas.

El "efecto Coolidge" no es sólo un fenómeno sexual. A principios de 2009 investigadores alemanes realizaron un estudio en el que se empleó leche con chocolate y papas fritas, para demostrar que el deseo puede extinguirse de un momento a otro de acuerdo con sabores específicos -salado, dulce, amargo o ácido. No es sorpresa ver los restaurantes de "todo lo que puedas comer" donde hay menús apetitosos que rápido sacian al comensal. La variedad que buscamos en el sexo podemos encontrarla en la comida.

La culpabilidad por nuestro deseo es muy poderosa y se debe a neurotransmisores como la dopamina. Mientras un opiode es capaz de controlar el sistema de euforia y nos hace sentir bien sin la necesidad de satisfacer ese estímulo, la dopamina nos vuelve insatisfechos si no conseguimos ese deseo -es como un cosquilleo que se vuelve una comezón intensa. Esto nos hace sentirnos urgidos por satisfacer nuestras necesidades básicas. Cuando queremos devorarnos a una chica en la cama, significa que la dopamina está trabajando.

Este neurotransmisor también nos hace sentir poderosos porque la recompensa en el cerebro puede ser tan grande como sobrevivir una amenaza. Si los hombres de Cro-magnon no hubieran tenido suficiente de esta sustancia dentro de su cabeza no habrían salido bien librados de las batallas contra los mamuts.

Por fortuna, la evolución trabajó a nuestro favor y nos permitió redireccionar esa habilidad proporcionada por la dopamina para conseguir cosas que hoy nos son indispensables para sobrevivir. "El deseo que sentimos sobre algo -comer, sexo o el peligro- activa los mismos circuitos en el cerebro", dice Marci Pelchat, investigadora del Monell Chemical Senses Center localizado en Filadefia, Estados Unidos, quien estudia el poder de las respuestas humanas usando comida llamada "el trozo". "El cerebro siempre puede crear adicciones que a pocas personas les gustan.

Un gatillo parte del deseo y se activa cuando se contempla la recompensa, "es por esta razón que es imposible comer sólo una papa frita", explica Barry Komisaruk, profesor de psicología de la Universidad de Rutgers y coautor del libro The Science of Orgasm. "Comes porque te gustan las papas, pero eso inicia el sistema de recompensa. Cuando te das cuenta ya habrás devorado toda la bolsa." Quizá algo similar pasa con la pareja de la mesa 24. Toda la ambientación de lugar es magnífica, desde las luces hasta el sabor del menú -cuidadosamente orquestado para disfrutar cada cambio de sabor- servido con anticipación. Todo esto concuerda, el mejor restaurante y pronto ella querrá desgarrar la ropa de su acompañante.

Posteriormente, compartí mi teoría con uno de los gerentes del restaurante. Él sonrió y sólo agitó la cabeza. "Sólo tengo que comentar que nuestras habitaciones son muy caras".

 

Curso 4 Por qué quieres cubrirla con crema batida

"Soy toda tuya", escribe Eden, una británica de 21 años de edad que conocí en la página FetLine.com, una especie de Facebook para adultos. "Tengo una licenciatura en psicología. Amo leer, andar en moto, esquiar, bailar en tubo y, por supuesto, el sploshing", escribió en su perfil.

Éste es un tipo de fetiche en que un amante cubre al otro con comida antes de tener sexo. Eden es una mujer de grandes pechos y cabello rojizo hasta media espalda, aparece en sus fotos con todo tipo de comida, desde miel hasta verdura. Me puse en contacto con ella, no con la intención de que me proporcionara más imágenes, sino para que me dijera cómo experimenta ese deseo.

Cuando eres un roedor, comer o reproducirte es una cuestión biológica, tus acciones están gobernadas, en gran parte, por sensaciones de hambre y emoción -y de la acción neuroquímica de la leptina y la dopamina. Lo importante es que te des cuenta cómo la comida y el sexo se convierten uno parte del otro progresivamente. De la misma forma en como los pericos regurgitan la comida en la boca de sus parejas durante las sesiones de "besos". Asimismo, los chimpancés persuaden a la pareja que eligieron dándole cañas de azúcar de forma previa a la cópula. Y George Constanza en un episodio de Seinfield prepara a su novia su famoso sándwich de pastrami para que lo disfrute durante el sexo. Con millones de años de evolución detrás de una cita nocturna, ¿quién necesita rosas?

Este rico conocimiento es en parte fracturado por nuestro lóbulo frontal, el centro de planeación y aprendizaje localizado justo encima de nuestros ojos -el CPU de nuestro cerebro. Gracias a los lóbulos frontales el ser humano asimila la tercera mayor pieza de su maquinaria emocional. Todos los animales funcionan bajo las sensaciones de querer y obtener, pero sólo los humanos y sus parientes primates piensan antes de mezclar.

Eden describe su primera sesión de sploshing: "Usamos mucho helado y un pudín llamado Delicia de ángel, pero guardamos un poco para después. Yo usé una pequeña playera blanca y una minifalda negra, tacones y corbata negra. Me sentí un poco tonta cuando comencé a poner la comida sobre mi pecho -en realidad no sabía a ciencia cierta qué estaba haciendo, si lo hacía bien o que se supone que debía sentir. Pero conforme me llenaba a mí misma y la comida tocaba mi piel, mi rostro comenzó a iluminarse." ¿Cómo algo tan extraño de forma sorprendente se torna tan bueno, tan ardiente?

"La capacidad de aprendizaje del ser humano se transforma y elabora placer", explica Berridge. En otras palabras, si tu crees que los huevos orgánicos saben mejor que los tradicionales, así será; tu lóbulo frontal lo hará posible. Este órgano además tiene la habilidad de crear nuevos sabores en tu lengua. Imagina un jugoso bistec, prácticamente puedes saborearlo en este momento. En el caso de Eden, al poner comida sobre ella misma se volvió en algo completamente sexy gracias a sus lóbulos frontales que construyen estímulos a partir de la comida y el sexo, más allá de los relacionados con la supervivencia.

La asociación que genera la mente es uno de los más potentes afrodisiacos. Eden ya no puede entrar a ninguna dulcería sin dejar de pensar en sexo. "El sploshing ahora es una de las experiencias más sensuales que tengo", me dice. "Acabo de ver una enorme pastel de crema chantilly en la pastelería, y de inmediato pensé en decirle a mi novio que lo compremos y le dije que estoy considerando sentarme desnuda en él. Es como abrir una puerta diferente del flirteo, una en la que mucha gente no se atrevería a entrar."

Cuando terminé de observar a la pareja de la mesa 24, me di cuenta de que habían pedido el postre: gianduja panna cotta con un sorbete de chocolate oscuro. De pronto una gota de este aderezo aterrizó en el pecho de ella, mientras ella miraba su blusa, el reía de una forma sugerente. Aquí empieza el quinto curso, y como verás, ellos aún siguen hambrientos, pero quizá satisfagan su hambre en privado.

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